La fascinante historia del Manuel Ferrari, quien detecta las mayores corrientes de agua subterránea
Se lo define como un conocimiento tan útil como enigmático: la rabdomancia. Considerada una práctica pseudocientífica, consiste en utilizar estímulos eléctricos, electromagnéticos y radiaciones del suelo para hallar fuentes de agua natural bajo la tierra. Para ello, se apoya en elementos sencillos -como péndulos, varillas, sogas o cintas métricas- que actúan como amplificadores de la magnetorrecepción humana.
Aunque se trata de una técnica milenaria destinada históricamente a ubicar dónde cavar pozos, hoy en día cuenta con muy pocos cultores. Uno de ellos es el balcarceño Manuel Ferrari, quien se destaca, junto a su tío Julio, por estar enfocado exclusivamente en detectar las mayores correntadas o caudales subterráneos.
Su apellido está ligado desde hace décadas al riego y las perforaciones, una labor que iniciaron su padre Jorge y su tío. Sin embargo, el destino de Manuel dio un giro inesperado cuando cursaba el tercer año de Abogacía.
"Desde chico veía a mi tío Julio buscar agua. Un día mi padre me dijo que tomara la cinta de mi tío que estaba en la camioneta, me pidió que me concentrara y que pensara profundamente que estaba buscando agua. Era en una estancia en 25 de Mayo a la que habíamos ido a efectuar trabajos de mantenimiento", recuerda Manuel sobre aquel punto de inflexión.
Le hizo caso. Fijó su mirada en la cinta, caminó por el terreno y sintió una vibración. En ese exacto lugar hicieron la marcación, perforaron… y brotó agua. Al regresar a Balcarce, abandonó los libros de Derecho para abrazar el legado familiar y emular a su tío.
UN DON NATURAL
Lejos de adjudicarse superpoderes mentales, Manuel lo explica con naturalidad: "Simplemente es un método que aprendió naturalmente a partir de una herramienta que lo ayuda a encontrar el mayor caudal de agua". Actualmente, divide sus semanas entre la construcción de pozos junto a su hermano Sebastián y las travesías por el país -especialmente en provincias norteñas de extensiones inmensas- donde este recurso es vital para la producción.
Antes de pisar el terreno, se interioriza en las necesidades del cliente. "A partir de ahí, empiezo con mi tarea. Marco los sitios donde se podrían hacer las perforaciones. A veces es necesario extender una cañería para llegar con agua suficiente a sectores alejados, calculando el caudal mediante el bombeo".
Al ser consultado sobre si alguna vez falló en una marcación, su respuesta es contundente y sin titubeos: "No".
INCREDULIDAD Y ANECDOTAS INSÓLITAS
Su personalidad extrovertida y el descreimiento ajeno suelen chocar con la naturaleza de su trabajo, pero a él poco le importa: "No le presto importancia a lo que dicen. Yo me concentro en mi momento y hago mi trabajo".
De ese archivo personal surgen historias desopilantes. Como aquella vez en Huanguelén, cuando su tío perdió un teléfono celular en medio de un lote de girasol: "Me tomé el atrevimiento de pedirle la cinta para buscarlo. Cerré los ojos, me concentré, empecé a caminar hablándole a la herramienta y lo encontré. Fue ahí cuando mi tío se convenció de mi habilidad".
Otro episodio ocurrió en Córdoba en el año 2011. Un cliente que quería levantar cabañas en plena sierra lo convocó, pero lo miraba con desconfianza por su facilidad para la risa. Para probarlo, Manuel le propuso un desafío: "Le dije que esconda las llaves. Las busqué con mi método y las encontré. En otra oportunidad fue un cuchillo, con el mismo final".
LA MAGIA DE HACER BROTAR AGUA
Recorriendo cientos de kilómetros al año, el gran objetivo de Manuel es poder dedicar gran parte de su tiempo a explotar este don natural que le permite sentir cómo "la tierra le habla" y señalar el punto exacto donde cavar.
"Me gusta y hay muchos lugares con esta necesidad", remarca quien en las últimas horas recibió un llamado telefónico desde Bolivia para contratarlo.
Tiene muy en claro que su labor, a caballo entre la tradición y el asombro, sigue siendo tan imprescindible como el agua misma.
